jueves, 12 de abril de 2007

¿EXISTE LA NACIÓN ANDALUZA? (VII)

EL PROBLEMA DE LA LENGUA
¿Cuántas veces habremos visto u oído que, sin lengua, no hay nación? No podría decir un número exacto porque hace tiempo perdí la cuenta. ¿Qué pasaría entonces con Estados Unidos, Austria o, incluso, Suiza? Resulta más que obvio que ese planteamiento es falso. Sí, es cierto que la lengua es un elemento definitorio sumamente importante, pero desde luego no es el único, y el no tener una lengua propia no anula “ipso facto” la existencia de una nación.

Con todo, quisiera también analizar brevemente –como todo lo que se analiza en este artículo- el tema de la peculiaridad andaluza a la hora de hablar. Por si alguien espera que diga que el andaluz es un idioma, puede sacarse esa idea de la cabeza. Decir tal cosa no es sino un sinsentido. Pero tan poco sentido tiene –o incluso menos- decir la simpleza de que el andaluz es castellano mal hablado sin más. No quiero llegar ni a un extremo ni al otro. Pilar García Moutón define al andaluz como un habla, ya que no tiene soporte gramatical propio, tampoco tiene tradición escrita y carece de un vocabulario propio lo suficientemente amplio como para denominarlo dialecto. Por el contrario, yo pienso que sí estamos hablando de un dialecto del castellano en el caso andaluz. Si bien no tiene soporte gramatical ni literatura propia, el andaluz sí posee un amplio número de palabras propias. Las cuales, por cierto, son otra herencia más que el pueblo andalusí dejó en esta tierra cuando fue derrotado, allá por el siglo XV.

Es más, existe otro legado aún mayor. Aunque parezca poco creíble, el actual sistema fonético de que dispone el dialecto andaluz proviene directamente de una lengua andalusí desaparecida tras la derrota musulmana a manos de los Reyes Católicos: el aljamiah. De ahí la profunda aspiración de la letra “h” que caracteriza nuestro acento, el arcaicismo de nuestro dialecto con respecto al resto de lugares de España, por la llegada más tardía del castellano, y también las derivaciones vocálicas que convierten en siete nuestras vocales, sobre todo en la zona oriental. Tal vez sea esta la variante más influenciada por el aljamiah, pues estuvo dos siglos más bajo dominio musulmán.

Por tanto, esta forma de pronunciación, más otras muchas como la caída de la “s” final, la aspiración de sonidos sordos a mitad de palabra y ese vocabulario típicamente andaluz diferencian nuestra variante de la castellano-norteña. Por tanto, ¿hablamos castellano? Más bien hablamos un dialecto de este idioma. Por aportar una prueba más, se puede experimentar en cualquier conversación. Si un andaluz habla con un castellano, lo lógico es que el andaluz entienda todo lo que diga su interlocutor, mientras que el castellano, si le hablan demasiado rápido, se perderá casi por completo. Incluso en un ejemplo menos extremista, un andaluz puede imitar el acento castellano, norteño o madrileño con sólo un par de escuchas, mientras que si alguien trata de imitar el acento andaluz, lo más probable es que acabe cometiendo numerosos errores y no sea creíble. Es por eso que se puede concluir que, aunque no es un idioma, el andaluz es una variante dialectal de una lengua más grande, como es en este caso el castellano.

Pero el andaluz tiene un problema con el que lleva mucho tiempo conviviendo, y que está haciendo que parte de ese vocabulario arraigado en Andalucía empiece a perderse. El problema es que los términos y acentos andaluces están mal vistos. ¿Por qué? Principalmente, porque desde fuera se asocia con incultura y pereza a la hora de pronunciar. Hasta ese extremo ha llegado el estereotipo de los andaluces. No hay mal en tener acento de tu tierra, es más, tal acento debe ser llevado con orgullo, como los madrileños llevan el suyo, sin que tenga que suponer menosprecio por parte del resto. Para eso es nuestro. Así pues, aún con el problema de la mala imagen social que pueda dar el dialecto andaluz, tenemos un patrimonio lingüístico que defender. Y si hablamos así, no es porque seamos torpes o vagos por naturaleza. Existen unas razones que han desembocado en que tengamos este acento, diferenciado de la lengua castellana.